En numerosas ocasiones me he preguntado hasta qué punto el ser humano actúa en el momento adecuado o simplemente reacciona ante las adversidades. Lógicamente, esto me llevaría a reflexionar acerca de cuándo puede ser el momento adecuado para llevar a cabo dicha actuación. ¿Es mejor aprovechar una época de bonanza para tumbarse a descansar cual cigarras? o por el contrario... ¿habría que aprovechar dicha época para seguir trabajando y que no nos pille el toro cuando llegue el invierno, cual hormigas?
Quizá uno de los problemas que nos podemos hallar se encuentra en la propia concepción del "trabajo" que solemos tener. Lo percibimos como algo tedioso, pesado y monótono, lo cual no es de extrañar... llevamos años recibiendo esa información, pero no tendría por qué implicar eso (trabajar más contento/a).
En todo caso, cuando nos encontramos en un momento, personal o social, de crisis, somos partícipes con relativa facilidad de determinadas afirmaciones como vivimos ante una crisis de valores, o estamos pasando por una etapa de relativismo moral y acomodación mental. En fin. Quizá cabe recordar que la palabra "crisis" no implica el sentido que parece que más se transmite a través de medios de comunicación (situación de extrema negatividad ante la cual poco podemos hacer l@s ciudadan@s de a pie), sino todo lo contrario: es una época, o un sentimiento necesario que aflora ante determinadas situaciones, ante lo cual cabe meditar y reflexionar para luego actuar y que se produzca el cambio pertinente. Aunque desde luego, esto no implica que tengamos que esperar a que lleguen momentos más difíciles para empezar a cuestionarnos qué es lo que ha estado yendo mal... o lo que es lo mismo, no esperar a que explote la bomba que teníamos delante de nuestras narices para empezar a quejarse por haberla tenido delante, sin haber hecho nada para evitar la explosión.
Lo cierto es que en esta ocasión quisiera poder repetir la interesante conversación que he mantenido con mi amigo José Luis Sánchez... una vez más :-)
En sus propias palabras, cuando nos encontramos en plena borrachera, tendemos a captar la realidad de un modo distorsionado. Claro que es así. Aunque también es verdad que puede existir la tendencia a reaccionar, más que a actuar. O lo que es lo mismo: preferimos curarnos una herida antes que prevenirla. Pero un animal herido no actúa con la coherencia racional que debería: se vuelve peligroso y ataca de manera violenta porque está asustado y el miedo puede paralizar su capacidad de raciocinio.
Si pudiésemos aprovechar esos momentos de estabilidad emocional para aplicar nuestra capacidad de análisis, podríamos llegar a prevenir la aparición de la herida. En cambio, en ese momento preferimos frenar nuestro funcionamiento neuronal. Nos acomodamos a lo fácil, en lugar de continuar buscando retos.
Efectivamente, cuando nuestro estanque de la vida está en calma y el agua aparentemente se halla tranquila, tememos removerla por si el poso del fondo sale a la superficie.
Recuerdo en una ocasión que alguien me dijo que en psicología tenemos la costumbre de recomendar "hablar las cosas no en el momento de la discusión, sino cuando nos encontremos más calmad@s"... pero es que "cuando estoy calmado, no me apetece volver a sacar el tema que sé que nos va a hacer discutir de nuevo". Entonces quizá lo que sí que necesitamos es que se nos anime a PENSAR, a razonar y discurrir cómo llevar a cabo la comunicación para que ésta resulte fructífera, y no llegue al caos. Porque lo cierto es que no cerremos los ojos ante una farola, no va a hacer que evitemos el choque frontal con ella. Más bien, todo lo contrario. La farola va a seguir ahí. Lo mismo que el poso en un estanque.
Cabría entonces intentar buscar la manera de capear el temporal sin que nos llegue a arrollar la corriente, y sin vivir eternamente preocupados por el momento de su llegada. Así que, con permiso de su autor (anteriormente mencionado), me gustaría concluir con su genial descripción de la importancia de aprender a manejar nuestro flujo vital.
Habría al menos tres formas:
1) CORRIENTE ENCRESPADA.- Hace daño. Y acaba arrollándonos por mucho que intentemos luchar para superarla: estamos nadando contracorriente.
2) FLUJO NATURAL.- Refresca y renueva. En ocasiones el agua estará más cristalina y en otras en cambio, el poso del fondo se hace visible y la enturbia... pero también sabemos que es fruto del cauce natural, lo cual hace que se incremente la probabilidad de conseguir de nuevo agua clara y fresca.
3) AGUAS ESTANCADAS.- Se pudren. Si no hay movimiento por temor a que no se remueva el fondo, tarde o temprano, vamos a necesitar depurarlas de algún modo.























